Vivir con los pies aquí y la cabeza allá suele ser un comportamiento con el que algunas personas inmigrantes conviven diariamente. Mientras su cuerpo, casa y ocupaciones están en un sitio, su mente se encuentra a miles de kilómetros de distancia del mismo.

Su vida transcurre durante buena parte del tiempo de forma imaginaria, en la que nada es cierto y todo es producto de la subjetividad. Lo concreto se pierde y pasan a ocupar su sitio los deseos y las suposiciones, con lo cual al final del día termina ocurriendo como cuando acabamos de despertar de un sueño: experimentamos una efímera felicidad por los momentos alegres de los que hemos disfrutado en ese sueño, pero dándonos cuenta a los pocos segundos que no ha sido algo real.

Y no es que sea negativo de por sí imaginarnos qué estarán haciendo nuestros amigos, estar al corriente de lo que ocurre en el lugar de dónde venimos. El problema se puede presentar cuando esa intención de mantenernos al día, de no perder el vínculo, pasa a convertirse en una preocupación que acapara buena parte de nuestro tiempo. Caben entonces las preguntas: ¿Pero no habíamos salido de allí justamente porque se nos hacía insostenible, por la grave situación existente o porque decidimos en su momento que el cambio era positivo y necesario para nuestro futuro? ¿Tiene algún sentido entonces mantenernos "hipotecados" voluntariamente y pagando un precio tan caro en términos emocionales y afectivos?

No se trata de olvidarse ni dejar a un lado completamente a nuestra familia ni a los amigos que dejamos en nuestro lugar de origen, en absoluto, pero si escogemos mantenernos conectados con un sitio que se encuentra a miles de kilómetros de distancia, viviendo y padeciendo vía skype, whatsapp o facebook lo que allí ocurre durante las veinticuatro horas y siete días a la semana, hay bastantes probabilidades de que nos perdamos buena parte de la película que se desarrolla aquí y ahora.

Como todo en la vida, en relación a este tema seguramente sea necesario mantener un equilibrio entre nuestro desenvolvimiento allí en el lugar que hemos escogido para continuar nuestro proyecto migratorio, y el sitio de origen. Unos gramos de nostalgia y añoranza son hasta deliciosos en determinados momentos, pero ya sabemos que si nos pasamos de azúcar (o sal) al preparar la receta esta terminará siendo muy desagradable de comer.

Equilibrio, ante todo.

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